viernes, 19 de diciembre de 2014

"Comodina"

Fragmento de La taza rota
Dedicado a todos los ausentes
Eran las cuatro de la tarde de un jueves de agosto. Los días duraban más de la cuenta por la época. La señora Carmen había salido de su casa para comprar unos huevos para la cena. Caminaba por las calles de la ciudad de Xalapa. Vivía justo en la periferia donde decían que “no pasaba Dios”. Había alcantarillas enormes y rotas sobre la tierra. Quién sabe qué gobierno municipal tenía la intención de crear un sistema de drenaje por esas calles pero abandonó el proyecto dejando que se echaran a perder los enormes tubos de concreto.
Carmen se aproximaba a la tienda de abarrotes mientras veía a los perros callejeros animados. Escuchó un maullido tenue que salía de un lado del camino lodoso de las calles. A un lado del camino estaba un gran campo abierto lleno de hierbas altas y espesas. Una vaca estaba pastando tranquilamente. La señora Carmen se acercó a donde estaba un perro demasiado flaco. El animal estaba interesado por un pequeño gato que maullaba llamando a su madre. Carmen espantó al perro con una piedra. Sabía que estaba a punto comprometerse: cuidar a un animal. El pequeño gato blanco maullaba y temblaba. La señora lo tomó con mucho cuidado pensando en que a lo mejor reaccionaba de manera negativa el gato, pero no fue así. Buscaba calor y en cuanto estuvo en los brazos de la señora buscaba una tetilla por dónde comer. Carmen caminó con el animal hasta la tienda, compró los huevos y diez pesos de croquetas para gato.
La señora Carmen buscó a alguien para adoptar a la pequeña gatilla porque no podía quedársela. A duras penas podía darse de comer. Ella era viuda. Su esposo nunca obtuvo un seguro social por lo que no dejó una pensión. La señora Carmen salía a vender garnachas en los mercados como muchas otras señoras de la zona de La moral. La gata pasó a manos de Lucía, una señora de 50 años que vendía ropa usada en el tianguis. Lucha como le decían tenía una hija que con trabajos ingresó a la Facultad de Enfermería. El día que salieron los resultados en la página web de la universidad Lucha y Beatriz se alegraron. La señora sabía que sería difícil poder ayudar a su hija con los materiales para la escuela pero deseaba que no cruzara el mismo camino que ella. Tenía el ideal de toda madre en México, que su hija saliera adelante.
Beatriz bautizó a la gatilla con el nombre de comodina, recordaba el nombre de un libro gordo que leyó en la preparatoria. Con forme fue pasando el tiempo a la gata le salieron manchas negras, pensaba en las fichas de dominó y en la palabra comodín. El hermano mayor de Beatriz le había regalado un dominó antes de irse a Monterrey hace dos años. Cuando Juan les dijo que había conseguido trabajo en Monterrey su madre se puso triste pero se guardó el llanto. Les había prometido que les enviaría cada quincena unos cuantos pesos para la casa. Los primeros meses Lucha iba al banco para sacar el dinero que le había enviado su hijo. Pasó medio año y la cantidad había bajado. De quinientos pesos el último depósito había sido de tan solo 200. Juan acostumbraba a llamar a su madre cada semana pero así como el dinero fueron escaseando las llamadas. Lucha y Beatriz se enteraron que Juan salía con una regiomontana la cual era bastante dominante y recelosa.  – Le ha metido ideas esa fulana a mi hermano- le decía Beatriz a su madre.
Comodina no sabía nada de estos problemas, ella sólo veía pasar los días. En un principio ensuciaba con excrementos su cobija en el rincón junto a la cama de Beatriz. Lucha quería pegarle y acostumbrar a Comodina a que hiciera en su caja con arena. Comodina en un principio no se movía mucho, tenía miedo. Se enrollaba con su cola y dormía. Lentamente se fue acostumbrando a la presencia de sus nuevos amos. Veía como Lucha salía muy temprano no sin antes dejarle un poco de croquetas en su pequeño plato de plástico. Comodina no sabía a dónde se dirigía la señora, su pequeño mundo se limitaba al cuarto con techo de lámina sobre su cabeza.
Beatriz salía a las diez de la mañana a su trabajo de medio tiempo en Casa Ahued, una tienda de productos de plástico con precios aparentemente baratos. Entraba a las once y salía a las cuatro. Dentro de poco cambiaría de horario para poder asistir a las clases en la facultad. Comodina alegraba los días de Beatriz. Por las noches se subía a la cama y se recostaba en la cabeza de la joven. La gatilla ronroneaba y pronto le tomó cariño y confianza a Beatriz.
A los cuatro meses de la llegada de Comodina a la casa de Lucha la gata había tomado confianza y salía al patio de la casa. Se subía por el tanque de gas y luego hacia el techo. Desde lo alto miraba a lo lejos las calles llenas de lodo y la gente pasar. Un año después Juan llamó a su madre. Eran las diez de la noche y Comodina estaba recostada en un sillón mientras veía a Lucha hablar por el teléfono. Beatriz se acercó hasta su madre para abrazarla. Comodina se estiró y se acercó a las dos mujeres.
Beatriz sabía que no era bueno tomar café en exceso, pero comenzó por el gusto a medida que las clases se iban intensificando en la facultad. El día de su cumpleaños 21 la señora Lucha le había regalado a su hija una taza blanca con manchas negras. –Mamá, gracias por el regalo. Déjame adivinar dónde la compraste… ¿será donde trabajo?- Beatriz tomó la taza entre sus manos y volteó a mirar a Comodina – Mira preciosa, se parece a ti-. La gatilla pestañeó lentamente y se dejó acariciar por Beatriz.
Comodina se subía a la mesa donde estaba estudiando Beatriz. Se sentaba en los libros gordos y viejos de la biblioteca. Beatriz sólo la miraba y sonreía. Comodina deseaba su atención. – De seguro has de pensar: “Ya deja de leer, no hagas eso”- Dijo en voz alta Beatriz.
Los días pasaron como siempre. Comodina- comida, Lucha- venta, Beatriz-escuela y trabajo. Era marzo del siguiente año desde que llegó Comodina. La situación en el trabajo de Beatriz se había complicado, estaban a punto de correrla por falta de ventas. Su madre la animaba para que no se deprimiera. – Sino es ahí, será en otro lugar, hija-, - Lo sé mamá, pero necesitamos el dinero, el material que me piden no es nada barato.
Beatriz salía de su trabajo a las nueve de la noche, pero aquella noche su patrón le había pedido que se quedara junto con los demás empleados para hacer un inventario. Les pagarían las horas extras por lo que no se molestó. Llamó a su madre para avisarle. Comodina miraba a Lucha hablar por el teléfono, se había estirado y escuchó a lo lejos la voz de Beatriz. Se acercó a la señora y ronroneó. –Mamá, tengo que quedarme, llegaré como a la una de la mañana-, -Pero hija, te vienes en taxi, ya sabes cómo está la situación ahora- , -No te preocupes mamá, saldré con Koral, mi amiga. Acaricia a Comodina de mi parte, me voy… me llaman, te amo, adiós-.
Comodina miraba a Lucha y ella miraba a la gata.
Eran las dos de la madrugada.
Comodina vio a Lucha andar por la casa de un lado a otro. Llamaba por el teléfono. No entraba la llamada.
El día siguiente Comodina vio salir a Lucha no sin antes darle de comer.
Pasaron dos días y Lucha llamaba a Juan.
A la semana Comodina miró llegar a un hombre alto y moreno a la casa. Juan miró al animal de rápido. En la noche comenzaron a llegar muchas personas, vecinos de la zona. Comodina salió al patio y se subió al techo como lo venía haciendo varios días atrás. Miraba la ciudad iluminada por pequeñas luces de los faroles en las calles. En la mañana Comodina entró a la casa donde no había nadie. Se subió a la mesa donde estaba una taza blanca con manchas negras y se recostó a su lado.