Dedicado a todos los ausentes
Eran las cuatro de la tarde de un jueves de agosto. Los días
duraban más de la cuenta por la época. La señora Carmen había salido de su casa
para comprar unos huevos para la cena. Caminaba por las calles de la ciudad de
Xalapa. Vivía justo en la periferia donde decían que “no pasaba Dios”. Había
alcantarillas enormes y rotas sobre la tierra. Quién sabe qué gobierno
municipal tenía la intención de crear un sistema de drenaje por esas calles
pero abandonó el proyecto dejando que se echaran a perder los enormes tubos de
concreto.
Carmen se aproximaba a la tienda
de abarrotes mientras veía a los perros callejeros animados. Escuchó un
maullido tenue que salía de un lado del camino lodoso de las calles. A un lado
del camino estaba un gran campo abierto lleno de hierbas altas y espesas. Una
vaca estaba pastando tranquilamente. La señora Carmen se acercó a donde estaba
un perro demasiado flaco. El animal estaba interesado por un pequeño gato que
maullaba llamando a su madre. Carmen espantó al perro con una piedra. Sabía que
estaba a punto comprometerse: cuidar a un animal. El pequeño gato blanco
maullaba y temblaba. La señora lo tomó con mucho cuidado pensando en que a lo
mejor reaccionaba de manera negativa el gato, pero no fue así. Buscaba calor y
en cuanto estuvo en los brazos de la señora buscaba una tetilla por dónde
comer. Carmen caminó con el animal hasta la tienda, compró los huevos y diez
pesos de croquetas para gato.
La señora Carmen buscó a alguien
para adoptar a la pequeña gatilla porque no podía quedársela. A duras penas
podía darse de comer. Ella era viuda. Su esposo nunca obtuvo un seguro social
por lo que no dejó una pensión. La señora Carmen salía a vender garnachas en
los mercados como muchas otras señoras de la zona de La moral. La gata pasó a
manos de Lucía, una señora de 50 años que vendía ropa usada en el tianguis. Lucha
como le decían tenía una hija que con trabajos ingresó a la Facultad de
Enfermería. El día que salieron los resultados en la página web de la
universidad Lucha y Beatriz se alegraron. La señora sabía que sería difícil
poder ayudar a su hija con los materiales para la escuela pero deseaba que no
cruzara el mismo camino que ella. Tenía el ideal de toda madre en México, que
su hija saliera adelante.
Beatriz bautizó a la gatilla con
el nombre de comodina, recordaba el nombre de un libro gordo que leyó en la
preparatoria. Con forme fue pasando el tiempo a la gata le salieron manchas
negras, pensaba en las fichas de dominó y en la palabra comodín. El hermano
mayor de Beatriz le había regalado un dominó antes de irse a Monterrey hace dos
años. Cuando Juan les dijo que había conseguido trabajo en Monterrey su madre
se puso triste pero se guardó el llanto. Les había prometido que les enviaría
cada quincena unos cuantos pesos para la casa. Los primeros meses Lucha iba al
banco para sacar el dinero que le había enviado su hijo. Pasó medio año y la
cantidad había bajado. De quinientos pesos el último depósito había sido de tan
solo 200. Juan acostumbraba a llamar a su madre cada semana pero así como el
dinero fueron escaseando las llamadas. Lucha y Beatriz se enteraron que Juan
salía con una regiomontana la cual era bastante dominante y recelosa. – Le ha metido ideas esa fulana a mi hermano-
le decía Beatriz a su madre.
Comodina no sabía nada de estos
problemas, ella sólo veía pasar los días. En un principio ensuciaba con
excrementos su cobija en el rincón junto a la cama de Beatriz. Lucha quería
pegarle y acostumbrar a Comodina a que hiciera en su caja con arena. Comodina en
un principio no se movía mucho, tenía miedo. Se enrollaba con su cola y dormía.
Lentamente se fue acostumbrando a la presencia de sus nuevos amos. Veía como
Lucha salía muy temprano no sin antes dejarle un poco de croquetas en su
pequeño plato de plástico. Comodina no sabía a dónde se dirigía la señora, su
pequeño mundo se limitaba al cuarto con techo de lámina sobre su cabeza.
Beatriz salía a las diez de la
mañana a su trabajo de medio tiempo en Casa Ahued, una tienda de productos de
plástico con precios aparentemente baratos. Entraba a las once y salía a las
cuatro. Dentro de poco cambiaría de horario para poder asistir a las clases en
la facultad. Comodina alegraba los días de Beatriz. Por las noches se subía a
la cama y se recostaba en la cabeza de la joven. La gatilla ronroneaba y pronto
le tomó cariño y confianza a Beatriz.
A los cuatro meses de la llegada
de Comodina a la casa de Lucha la gata había tomado confianza y salía al patio
de la casa. Se subía por el tanque de gas y luego hacia el techo. Desde lo alto
miraba a lo lejos las calles llenas de lodo y la gente pasar. Un año después
Juan llamó a su madre. Eran las diez de la noche y Comodina estaba recostada en
un sillón mientras veía a Lucha hablar por el teléfono. Beatriz se acercó hasta
su madre para abrazarla. Comodina se estiró y se acercó a las dos mujeres.
Beatriz sabía que no era bueno
tomar café en exceso, pero comenzó por el gusto a medida que las clases se iban
intensificando en la facultad. El día de su cumpleaños 21 la señora Lucha le
había regalado a su hija una taza blanca con manchas negras. –Mamá, gracias por
el regalo. Déjame adivinar dónde la compraste… ¿será donde trabajo?- Beatriz
tomó la taza entre sus manos y volteó a mirar a Comodina – Mira preciosa, se
parece a ti-. La gatilla pestañeó lentamente y se dejó acariciar por Beatriz.
Comodina se subía a la mesa
donde estaba estudiando Beatriz. Se sentaba en los libros gordos y viejos de la
biblioteca. Beatriz sólo la miraba y sonreía. Comodina deseaba su atención. –
De seguro has de pensar: “Ya deja de leer, no hagas eso”- Dijo en voz alta
Beatriz.
Los días pasaron como siempre.
Comodina- comida, Lucha- venta, Beatriz-escuela y trabajo. Era marzo del
siguiente año desde que llegó Comodina. La situación en el trabajo de Beatriz
se había complicado, estaban a punto de correrla por falta de ventas. Su madre
la animaba para que no se deprimiera. – Sino es ahí, será en otro lugar, hija-,
- Lo sé mamá, pero necesitamos el dinero, el material que me piden no es nada
barato.
Beatriz salía de su trabajo a
las nueve de la noche, pero aquella noche su patrón le había pedido que se
quedara junto con los demás empleados para hacer un inventario. Les pagarían
las horas extras por lo que no se molestó. Llamó a su madre para avisarle.
Comodina miraba a Lucha hablar por el teléfono, se había estirado y escuchó a
lo lejos la voz de Beatriz. Se acercó a la señora y ronroneó. –Mamá, tengo que
quedarme, llegaré como a la una de la mañana-, -Pero hija, te vienes en taxi,
ya sabes cómo está la situación ahora- , -No te preocupes mamá, saldré con Koral,
mi amiga. Acaricia a Comodina de mi parte, me voy… me llaman, te amo, adiós-.
Comodina miraba a Lucha y ella
miraba a la gata.
Eran las dos de la madrugada.
Comodina vio a Lucha andar por
la casa de un lado a otro. Llamaba por el teléfono. No entraba la llamada.
El día siguiente Comodina vio
salir a Lucha no sin antes darle de comer.
Pasaron dos días y Lucha llamaba
a Juan.
A la semana Comodina miró llegar
a un hombre alto y moreno a la casa. Juan miró al animal de rápido. En la noche
comenzaron a llegar muchas personas, vecinos de la zona. Comodina salió al
patio y se subió al techo como lo venía haciendo varios días atrás. Miraba la
ciudad iluminada por pequeñas luces de los faroles en las calles. En la mañana
Comodina entró a la casa donde no había nadie. Se subió a la mesa donde estaba
una taza blanca con manchas negras y se recostó a su lado.
